Perros Guía y de Asistencia

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En este artículo te contamos por qué estamos en contra de la utilización de perros guía.

 

Los perros destinados a servir como guías de invidentes o bien como asistentes de humanos con otras discapacidades, proceden de criaderos especializados en los que se aplican técnicas de selección genética para obtener individuos que se ajusten a los estándares físicos y psicológicos deseados.

Estos centros son pues auténticas fábricas de producción de cachorros que, ya desde el momento de su concepción, son considerados meros utensilios al servicio del ser humano y puestos a la venta como un producto de consumo.

Si tomamos como referencia a los perros guía para invidentes en España, éstos son separados de su madre y hermanos con tan solo 7 semanas de edad, para ser entregados a una familia de acogida que se encargará de llevar a cabo la fase inicial del programa de adiestramiento que consiste en un concienzudo entrenamiento en obediencia y sumisión.

Al cumplir un año de edad, cuando los jóvenes perros ya han establecido lazos afectivos con sus cuidadores, son arrancados del que consideran su hogar y enviados a la Fundación Once para acometer la segunda etapa del adiestramiento, denominada “fase de acoplamiento”, en la que cada animal es puesto en contacto con la persona ciega a la que en adelante habrá de servir. Ambos tomarán parte de un curso de tres semanas en el que el perro será instruido en las destrezas necesarias para desempeñar el papel de asistente del humano, lo que implica la inhibición y la renuncia a sus más elementales instintos naturales y el total desprecio hacia sus deseos e intereses como individuo.

Superado este duro aprendizaje, el animal es oficialmente entregado a su “dueño” y comienza su periodo de servidumbre forzosa, condenado a representar día tras día un papel ajeno a su naturaleza que le convierte en un autómata privado del derecho fundamental a disfrutar de su propia vida.

En consonancia con su consideración como mero instrumento o herramienta, cuando el perro pierde capacidades por vejez o enfermedad, la Fundación procede a reemplazarlo de inmediato por un nuevo animal.

Mientras, el destino del perro desechado quedará a merced de la persona a la que sirvió, de tal forma que los más afortunados permanecerán en casa hasta el final de sus días, pero muchos otros serán devueltos a la Fundación y recluidos en una residencia canina para esperar la muerte en soledad.

La gran mayoría de personas que padecen ceguera u otras discapacidades físicas, pueden llegar a desarrollar su vida sin necesidad de un guía o asistente y, en aquellos casos en los que esta figura sea precisa, los candidatos más idóneos para realizar dicha labor serían otros humanos voluntarios o contratados a tal efecto.

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