Lácteos

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La industria de producción de leche se presenta a los consumidores disfrazada de inocencia y bucolismo. En televisión, los anuncios muestran vacas felices, pastando libres en inmensos prados verdes y disfrutando de ser ordeñadas.

Es común la creencia de que las vacas lecheras producen leche de forma espontánea y continuada durante toda su vida. Sin embargo, la realidad es bien distinta…

Las vacas, como cualquier otro mamífero, sólo producen leche como consecuencia de un parto previo. No hay leche si no hay ternero.

Por ello, las vacas destinadas a la producción de leche, son inseminadas artificialmente forzándolas a encadenar sucesivos embarazos de forma ininterrumpida durante toda su vida útil como instrumentos de producción. Tras cada nuevo parto, los ganaderos arrebatan a la madre su bebé ternero a las pocas horas o días de nacido. La vaca es sometida a varias sesiones diarias de ordeño mecanizado para extraer la leche que ella produce para su cría ausente y destinarla al consumo humano, mientras que, casi inmediatamente después del parto, vuelve a ser de nuevo inseminada. Frecuentemente se producen dolorosas infecciones e inflamaciones de las ubres (mastitis) como consecuencia del ordeño intensivo.

Todo este proceso se desarrolla en instalaciones donde los animales soportan condiciones de suciedad, hacinamiento e inmovilización, siendo, así mismo, práctica rutinaria la administración asidua de fármacos como hormonas (para incrementar la producción de leche), antibióticos y tranquilizantes.

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Esta brutal forma de explotación genera un intenso desgaste fisiológico que hace estragos en los animales. Así, tras un periodo máximo de 3 ó 4 años, sus castigados cuerpos acaban consumidos y exhaustos. Entonces, cuando desciende su productividad y dejan de ser consideradas rentables para el negocio, las vacas son enviadas al matadero para convertirlas en carne de baja calidad destinada generalmente a la elaboración de hamburguesas y salchichas.

Pero, desgraciadamente, la trastienda de los horrores de la industria láctea no acaba aquí…

¿Qué ocurre con los terneros recién nacidos cruelmente apartados de sus madres?

Recordemos que, apenas unas horas o días (en el mejor de los casos) después del parto, cuando el instinto maternal se encuentra en su punto más álgido, la vaca sufre una de las experiencias más traumáticas y dolorosas imaginables al ver como su bebé es arrancado de su lado y desaparece para siempre.

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Las vacas son seres especialmente sensibles y sociables y, como es habitual en los mamíferos, desarrollan intensos vínculos materno-filiales, por lo que, como cualquier madre, experimentan u n terrible sufrimiento al ser forzosamente separadas de sus hijos.

Sus gritos desgarrados se dejan oír durante días, llamando desconsoladas a un retoño que ya nunca volverá. Y cada madre vaca padecerá este atroz proceso repetidas veces en su corta vida.

Mientras, los desdichados terneros son confinados e inmovilizados en minúsculos habitáculos en completa soledad. Recibirán una alimentación pobre y deliberadamente carente de hierro con el fin de que su carne conserve la ternura característica tan apreciada por el consumidor. Así mismo, se les mantendrá en condiciones de semioscuridad para evitar que la luz solar pueda oscurecer su carne.

Privados del cariño y los cuidados de sus madres, solos, sin movilidad, ni ningún tipo de estimulación, los pobres bebés experimentan un dolor emocional inimaginable y desarrollan trastornos psicológicos por estrés y ansiedad. A las 3 ó 4 semanas de edad, serán conducidos al matadero para ser transformados en “carne de ternera”.

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La producción de leche y sus derivados (queso, yogur, nata, helados, etc) implica, por tanto, una de las formas de explotación más abominables que pueden concebirse y es siempre indisociable de la industria de producción de carne.

El ser humano es el único mamífero que ingiere leche procedente de otro animal pasado el periodo de lactancia. Y lo hace a pesar de saber que la leche que produce cada mamífero es específica para su especie.