Cómo vencer el miedo a las aves

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Temía a las aves… hasta que las conocí realmente

No hay nada como convivir con un animal para darte cuenta de la gran cantidad de prejuicios y miedos infundados que llevas a cuestas.

En mi caso, una chica que siempre ha vivido en ciudad y que las únicas aves que conocía eran las palomas y los gorriones del parque. Lo confieso, tenía miedo a las aves.

La primera vez que fui de voluntaria a El Hogar no sabía cómo iba a reaccionar. Sabía que allí habría gallinas, gallos, ocas, pavos… Aves con las que yo nunca había tratado y con las que me asustaba encontrarme.

Los prejuicios dicen que las aves no son de fiar, que pican, que son sucias, que no son cariñosas, que atacan o que son „malas“. Yo sabía que todo eso era mentira. Pero cuando creces en una sociedad que perpetúa estas ideas es difícil sacarlas de tu cabeza. Así que iba con ese miedo a las aves y a sus picotazos.

Cómo me cambió El Hogar

En la primera hora que pasé en el santuario vi lo equivocada que estaba. Julia fue la primera ave que me abrió los ojos: una pava negra, preciosa y, a su vez, enorme e imponente. Julia se acercó a mí despacito, gorjeando bajito, casi ronroneando… y se paró a mi lado, mirándome, pero sin acercarse más. Estoy segura de que ella vio mi inseguridad y supo dejar que fuera yo quien acabara de acercarse. Acerqué mi mano a las plumas brillantes de Julia. Y, por primera vez en mi vida, acaricié un ave. ¡Fue increíble!

Sus plumas eran de lo más suave que había tocado nunca y su reacción fue lo más dulce del mundo: Julia se agachó suavemente ante mis caricias y se acurrucó en el suelo, entrecerrando los ojitos y „ronroneando“ muy suave.

Había mucho trabajo en el santuario y tenía que seguir, así que, muy a mi pesar, me levanté para continuar y dejar a la pava Julia… pero ella es tan cariñosa ¡que me perseguía allá dónde fuera pidiendo más caricias!

Mi mente hizo un clic, pero todavía estaba muy insegura… “Un ave puede ser una excepción”, pensé.

Pero me equivocaba. Pronto conocí a Alfonso, un gallito ciego al que habían usado para pelear y que era la dulzura envuelta en plumas de color fuego. Él fue el primer ave que cogí en brazos y era tan amoroso que ni siquiera su ceguera le hizo desconfiar al alzarle del suelo y juntarlo a mi pecho.

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Ese mismo día conocí a varias aves más del santuario y me di cuenta de que Julia no era una excepción. Cada ave tiene su personalidad. Algunas son más cariñosas, otras más independientes o desconfiadas. Unas son más tranquilas y otras más nerviosas, algunas son muy protectoras y las hay también que son más miedosas… Pero todas tienen en común una inteligencia, una sensibilidad, un amor, un sentido de la familia y una higiene que los humanos se han esforzado en negarles.

Las aves son muy listas. Tanto que incluso ¡saben contar! Son muy familiares y se protegen unas a otras, como las ocas del santuario, a las que siempre verás juntas y velando las unas por las otras. O como el protector Mariví, siempre creando un „círculo de seguridad“ para sus protegidos. Son muy limpias. Tienen memoria e incluso ¡reconocen y recuerdan las caras!

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Hoy en día les amo  a todos: A Snow, el pavito blanco que nos robó el corazón; Temis, a la que conocí recién llegada y pequeñita y que ya está enorme y preciosa; Jazmín, la abuelita adorable; Dodo y Nur, la parejita que se quedó con un pedacito de mi alma cuando nos dejaron; los patitos, con sus andares diferentes y su amor al agua; las ocas, enormes e imponentes, pero a la vez tan frágiles y miedosas; las palomas, tan increíbles y tan despreciadas por la mayoría y un largo e infinito etcétera.

El Hogar es un lugar mágico y especial. Un lugar donde cada día se aprende de los animales. Donde se derriban miedos y barreras, donde se desmoronan los falsos prejuicios. Donde se comparte todo con todos y donde en cada rincón te espera un ser increíble para enseñarte una nueva forma de de amar.

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