Cómo el amor rompe prejuicios

Fue a principios de otoño de 2014 cuando pisé un santuario por primera vez. No porque no  hubiera querido ir a uno antes sino porque, por suerte, habían establecido uno al fin cerca de donde vivo y podía acceder. Este Santuario se llamaba, y llama, El Hogar. Un nombre muy bien elegido, puesto que toda persona que convive allí, incluso durante unas horas, siente esa calidez hogareña que les caracteriza.

Al no haber estado nunca entre tantos animales de distintas especies ni haber tenido contacto real con ellos, llevaba conmigo una carga de prejuicios que nos hacen aprender desde que somos pequeños. Conceptos tan tristes como el de pensar en que los cerdos son sucios, por ejemplo. Entre estos conceptos, estaba también el de creer que entre distintas especies no puede haber convivencia, creencia que se derrumbó cuando llegué a El Hogar.

Las primeras personas no humanas a las que vi fueron los perros. Kero, Greta, Pepín, Julieta… Más tarde también conocí a los cerdos, las vacas, gallinas, ocas, gatos… Y cuando los vi por primera vez, ya fue precioso poder verles interactuar entre sí en un entorno libre de peligros, hospitalario y seguro, además de lleno de cariño para cada uno de ellos. Había espacios para animales grandes y pequeños, y eso fue una de las cosas que más me sorprendió: la relación interespecie tan pacífica que llevaban entre ovejas, cabras y cerdos, queriéndose y respetándose, sin miedo alguno entre ellos, conviviendo de manera cariñosa.

La relación de amistad que hay entre los animales en un santuario es increíble y sorprendente a los ojos de las que hemos crecido bajo una sociedad especista que nos hace pensar que los animales son seres casi asociales. Cuando durante años el único trato que hemos tenido con los animales ha sido a través del especismo, siendo no mucho más que productos en supermercados y personas a las que esconden tras muros de matadero, no logramos comprender que son personas no humanas, con sus capacidades de socialización, tanto entre su especie como con otras, contándonos a las humanas.

Cuando ves a un grupo de personas no humanas de distintas especies que no sólo no se pelean, ni tienen problemas entre ellas, sino que son capaces de formar amistades, tu corazón y mente se abren de golpe al ver cómo una cerdita, Zai, y una gallina de Guinea, Mariví, son capaces de crear un vínculo de amistad y cariño. Cuando ves que en el mismo parque pueden compartir comida y espacio un carnero como Félix y un pato como Khalo, no sólo aprendes una valiosa lección, sino que se contagia ese vínculo para contigo.

Hace falta vivir la experiencia de ver cómo se relacionan con tanta complicidad diferentes especies de animales para llegar a comprender lo necesario que es que los animales puedan ser libres y que, sin presión alguna, sin explotación ni malos tratos, no hay ataques entre ellos por estrés ni problemas de ningún tipo. Caballos, vacas, ponis, ciervos… diferentes animales que son capaces de crear vínculos afectivos en un entorno apacible como es El Hogar, igual que lo pueden ser en una naturaleza no amenazada por el ser humano, animales capaces de demostrar el afecto y la mente abierta que muchas personas necesitamos aprender para deconstruir lo que nos han “malenseñado”.

La relación interespecie con las personas humanas también es un factor importante en este tema, puesto que la manera que aprenden los animales al convivir con humanas que no les dañan, al contrario, que les cuidan y dan cariño y atención especial, es el desarrollo de un comportamiento afable, comunicativo y cariñoso. En su libertad y con todo el tiempo y espacio que necesita cada persona no humana en concreto, las diferentes especies que conviven en El Hogar toman confianza con las personas humanas.

Desde las ratitas como Sora, Riku o los bebitos hasta Fantasía, la cierva, pasando por las vacas como Margarita o las ovejas y cabras como Camille o Terra y Boira, todas y cada una de ellas han tenido su tiempo para acostumbrarse a su nuevo hogar e ir adaptándose a los cuidados que antes no pudieron tener, hasta llegar a un punto de confianza y amistad con las compañeras que les cuidan a diario.

Otras, en las que me puedo incluir, que no hayan tenido nunca la suerte de poder tener contacto con equinos, nos sorprendió agradablemente poder ver como un caballo o un poni es un ser tan sensible, tan especial y tan cariñoso que, sin conocerte mucho, puede llegar hasta a darte besitos, como la preciosa experiencia que puedo contar sobre los besitos que me dio Justice al verme o las caricias con la cabeza que me dio el precioso y agradecido Can por acompañarle a pasear una tarde. Lo mismo pasa con las ovejas, los cerdos, las gallinas o los conejos. Cuando los animales están en un entorno por y para ellos, libres de explotación, malos tratos, hacinamiento y dolor, se desarrollan como personas no humanas capaces de convivir entre ellas y con las personas humanas desde el cariño, el cuidado y el respeto.

Arien Umi, voluntaria de El Hogar Animal Sanctuary

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